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Madrid!
Amor Libre como en Barra Libre / Segunda sesión del taller Amar en tiempos hipster
escrito por Intermediae 14/03/2013 10:43:28

16-17 de marzo


El siglo XX fue testigo de la completa institucionalización del amor romántico. Durante el siglo pasado, lo que había sido un movimiento revolucionario, un fenómeno rupturista y potencialmente emancipador se imbricó totalmente con dos esferas y discursos diferentes pero igualmente poderosos: la familia y el consumo. El embrión del monstruo se acababa de gestar. En el primer caso comprobamos como las industrias del entretenimiento, especialmente Hollywood, se dedicaron a acabar de perfilar y sublimar un relato que parecía inconcluso. Si el amor romántico proponía la imagen de la fuga, del sujeto que padece la incomprensión familiar y social por culpa del amor que siente hacia otra persona, la figura casi trágica de los enamorados que se han de enfrentar a los obstáculos de la vida para poder dar rienda suelta a su amor, Hollywood despliega e idealiza toda la potencia de esa narración enseñándonos además la conclusión del relato. Después de todas las dificultades, los obstáculos vencidos y la consecución del amor, ¿qué viene? La familia. La estructuración socialmente aceptable del amor. La institucionalización del amor y su reducción a figura productiva.

Si el amor romántico proponía la ruptura con los vínculos familiares y comunitarios, representaba el rechazo a las relaciones estandarizadas, abría un lugar para la producción del sujeto fuera de los imperativos del lugar y la clase, durante el siglo XX vimos cómo se produjo un fenómeno de recogida. De tradicionalización del amor romántico y de normalización del deseo. Los imaginarios proporcionados por el cine, la televisión, las radionovelas o la literatura ayudan a reconducir lo intempestivo del amor y dotarlo de una forma amable lista para ser consumida. Para ser domesticada, la lucha por conseguir el amor debía tener una finalidad, la reproducción social, alcanzar la felicidad, reentroncarse con la tradición. Con la normalización de lo amoroso vimos también cómo se normalizó el deseo, la estructura heteronormativa se impuso en los imaginarios mediáticos erigiéndose como lugar privilegiado para el amor. Como el lugar.   

De forma simultánea se fue construyendo el amor como un espacio de consumo: los diamantes que son el mejor amigo de cualquier dama, la escena romántica con un entorno natural privilegiado de fondo, la cena en un restaurante con encanto, la citas y los regalos, San Valentín, etc. El imaginario de lo romántico se hizo indisociable de los actos de consumo. No se puede demostrar amor sin gastar. No se puede querer sin consumir. La boda se transformó en el gran acto de consumo por excelencia, el vestido de la novia, el festín, los regalos, la luna de miel, etc. No existe amor fuera del consumo, no existe amor que no acabe en institución. Poderosos mercados se han erigido en torno a lo amoroso: lo amoroso y lo económico ya no se pueden separar.

La combinación de estos factores nos ayuda a comprender el porqué se fue germinando el que sería el primer gran ataque al amor romántico. La denominada revolución sexual, imbricada en el movimiento contracultural de la década de los sesenta, buscaba socavar la institución amor. El amor se había convertido en un entorno normativo, la familia su más grande y poderosa institución. En este sentido se empezó a hablar del amor como un elemento represor. El amor reprime el deseo, normaliza las relaciones, limita las formas de ser en común por lo que cierra el espacio de desarrollo del sujeto. La revolución sexual buscaba liberar al sujeto para que pudiera explorar lo sensual, su deseo, escapando de la normalización que constituyen las formas de amar preestablecidas, y cómo no, follar a diestro y siniestro.

La consecuencia menos esperada de los movimientos contraculturales de los sesenta y principios de los setenta, el gatillazo imprevisto de la revolución sexual, fue que la puesta del deseo en el centro de la subjetividad llevaría a la aparición de un sujeto narcisista centrado en sí mismo y en la consecución de sus placeres. La sobrepolitización de los sesenta dio lugar a un fenómeno cultural caracterizado por el repliegue sobre lo personal. La exploración de lo sensual y la individualización del deseo. La convulsión política de los sesenta dio pie a la introspección espiritual de los setenta y al sujeto hedonista tan característico de los ochenta. Las iniciativas políticas que sobrevivieron estaban todas vinculadas al cuidado del yo, huertas ecológicas, retiros espirituales y demás prácticas enfocadas a la autorrealización personal 

Por otro lado la desnormalización del deseo y el ataque de la institución familiar, junto con los avances producidos por los movimientos de derechos civiles, permitieron que afloraran sexualidades hasta el momento invisibilizadas o marginalizadas. El movimiento LGBT adquirió fuerza y notoriedad, los armarios se fueron abriendo y nuevos derechos se fueron conquistando. La explosión del fenómeno gay, ese movimiento de liberación sexual, encontraría otros canales de normalización. El crecimiento de políticas identitarias, políticas en las que la identidad sexual asumía un lugar privilegiado en el yo, contribuyeron a limitar y normalizar el sujeto. La explosión sexual, los cuerpos colectivos, las exploraciones identitarias, el componente político de la revolución sexual se transformó en un mero artefacto identitario. La explosión política concluyó en el enaltecimiento de un yo caracterizado por su identidad sexual.  

En el segundo taller queremos revisar estos hitos de la construcción de lo amoroso. Estos pasos hacia la construcción de la sexualidad Hipster. Gracias a la máquina del tiempo que hemos construído podremos pasearnos por el Hollywood clásico, darnos una ducha de orgones, poner a Valery Solanas y a Warhol a pelear en el barro para acabar haciendo fanzines macarras con fotocopias y grapas. ¡Vamos a darnos una barra libre de amor! 

 + info sobre el proyecto: http://fuckyeahsexohipster.tumblr.com/


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