La mesa de Franklin tiene dos altavoces que son dos cajas de madera. Su pieza anterior, “Mesa para televisión”, tiene también dos altavoces que eran dos cajas verdes de plástico a los lados del mueble.
Igual que en la anterior pieza, Franklin sigue nombrando las cajas como altavoces, directamente, sin dar a entender el “como si” lo fueran. Me recuerda algo que leí sobre el juego. Decía que el niño a diferencia del mayor juega y que cuando el mayor lo hace, hace que hace, no como el niño, para quien jugar y hacer son una y la misma cosa sin contradicción.
La realidad llama al niño a entrar en ella jugando y no se lo desmiente luego, como hace el mayor al aceptarlo como algo de paso y sin una razón clara, sin un para qué.
Un trámite temporal al que luego sigue “la realidad”, que es lo verdadero. Se vuelve reaccionario el mayor contra el niño y contra la realidad misma, al pedirle que deje de inventársela, que deje de jugar con ella, a ver si ya de una vez se hace mayor, porque la realidad se impone. Es el lugar del continuo problema y del enfrentamiento del que hay que defenderse alerta para que no te pille desprevenido, mientras para el niño no hay lucha, antes juega con ella, se la inventa y ella… se deja.