Programa del sábado 11 y 18 de octubre a las 20.00 horas
Trailer Itinerarios del sonido
Programa del sábado 11 y 18 de octubre a las 20.00 horas
Ciclo dedicado al festival IN-SONORA
Con motivo del festival IN-SONORA se presentan dos sesiones de proyecciones en colaboración con el artista sonoro y musicólogo
Miguel Álvarez-Fernández.
11 de octubre, 20.00 horas
Itinerarios del sonido, 2005 (España). Marta Velasco. Duración 75’.
Presentado por María Bella y Miguel Álvarez-Fernández, comisarios del proyecto.
Este documental recoge el proceso de trabajo del proyecto homónimo que reunió las propuestas de catorce artistas de diferentes disciplinas, como Kristin Oppenheim, Vito Acconci, Luc Ferrari, Adrian Piper y Susan Hiller, entre otros, que visitaron Madrid entre el 2004 y el 2005 para la creación de una pieza sonora que explorara un entorno diferente de la ciudad.
Trailer Sonar ciudades (Sounding cities)
18 de octubre, 20.00 horas
Sonar ciudades, 2006 (España). Xavier Iriondo y Fernando Aguirre. Duración 52’.
Presentado por Miguel Álvarez-Fernández.
Película documental donde los autores acompañan al músico Llorenç Barber durante la fase preliminar del concierto que ofreció en Vera de Bidasoa con motivo del Festival de Otras Músicas ERTZ.
Cuando el sonido no basta
Pensar que la música
solamente está relacionada con lo sonoro es una equivocación, además de
una idea bastante exótica —y hasta absurda, si uno se detiene a
pensarlo— que, desde luego, no muchos músicos se han tomado
verdaderamente en serio. O, al menos, así fue hasta que, allá por el
siglo XVIII, a ciertos filósofos alemanes se les ocurrió que la música
más genuina, más pura y más auténtica era aquella que no dependía de un
dispositivo escénico/visual (como sí demandaba, por ejemplo, la ópera).
La música, afirmaban estos filósofos idealistas, debía generar
significados por ella misma, y en la medida en que cumpliese esta tarea
sin subordinarse a ningún otro arte (literario, teatral,
coreográfico…), sin relacionarse con otra cosa que con la propia
música, mejor música sería.
Esto de “la propia música”, como se
observará, es un camelo. ¿Qué se supone que es lo estrictamente
musical, aquello que aún no está contaminado por una idea externa
susceptible de ser expresada mediante un texto, o por la presencia de
un cuerpo sobre un escenario —o detrás de un instrumento—? Aquellos
filósofos dieciochescos (y algunos músicos que les siguieron la
corriente, porque de todo hubo) pensaron que eso más genuina y
absolutamente musical era, claro, el sonido. La música trataba de
sonidos, y ya está. Al fin y al cabo, tampoco era ésta una idea tan
novedosa, y posiblemente algunos predecesores de aquellos ingeniosos
filósofos (como el mismísimo Pitágoras, por no ir más lejos) así lo
habrían admitido si se les hubiera preguntado al respecto. Lo que sí
constituía una novedad era la manía con la que los idealistas alemanes
se empeñaban en desvincular la música de casi todo lo que, hasta
entonces, había estado íntimamente ligado a ella. Algunos sospechaban,
incluso, que lo que estos pensadores en realidad querían era
simplificar al máximo la idea de música, quizás para poder filosofar
acerca de ella sin tantas dificultades como en el pasado.
El
hecho es que, desde entonces, y para mucha gente, la música quedó
reducida a lo que aquellos filósofos de cejas muy pobladas determinaron
que la música debía ser, a algo que, si se piensa detenidamente, ni
siquiera se corresponde con el sonido, sino que más bien se refiere a
ciertas ideas sobre el sonido. Pues lo que consiguieron los defensores
de la idea de la música absoluta fue que llegáramos a imaginar un
sonido independientemente del intérprete que rasca las cuerdas del
violín, de su cuerpo —probablemente sudoroso debido a la tensión del
momento—, del edificio que le contiene a él y a nosotros, del rito
social —llamémoslo, por ejemplo, concierto— que nos ha reunido en ese
espacio junto a otra gente —perteneciente, casi siempre, a nuestra
misma clase social—, de ideas e intereses —del intérprete, del
compositor, del público, del organizador del concierto…— que han tenido
que confluir para que, en fin, ese sonido ideal se produzca realmente.
Nuestros
apreciados filósofos adelgazaron tanto el concepto de música (y, por
extensión, el de sonido) que, para cuando llegó el siglo XX, algo tan
escuálido no pudo resistir en pie mucho tiempo. Para entonces, y algo
paradójicamente, los primeros aparatos capaces de grabar y reproducir
sonidos obligaron a nuestros jóvenes abuelos a descubrir que, pese a
los sermones de los filósofos idealistas, no era lo mismo escuchar los
sonidos de un violín que los de un gramófono. Además, aquellos
cacharros ruidosos no sólo registraban los sonidos ideales de la música
absoluta, sino que a través de sus bocinas se colaban muchos otros
ruidos que, aunque los filósofos del XVIII nos habían enseñado a no
oír, estaban allí. Y no sólo allí, sino también —y cada vez más
estruendosamente— en las ciudades que no habían dejado de crecer en los
siglos anteriores, generando un volumen —y unas músicas, por poco
“ideales” que éstas fueran— mucho más intenso ya que el del interior de
las salas de conciertos.
En aquellos principios del siglo XX,
varios compositores se dieron cuenta de que la música era —tenía que
ser— bastante más que sonido. Ahora, un siglo después, no debería
resultar extraño que, en lugar de celebrar un concierto, nos reunamos
un par de sábados en Intermediae para escuchar sendos documentales
protagonizados por los ruidos de las ciudades, por los cuerpos de los
que las habitamos, y por los nuevos y viejos ritos que continúan
uniendo esos ruidos, esas ciudades y esos cuerpos.
Miguel Álvarez-Fernández
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Las proyecciones son una propuesta audiovisual que presenta
regularmente vídeos, documentales y películas relacionados con la
programación.
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