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Madrid!
Proyecciones audiovisuales. Ciclo con motivo del festival IN-SONORA IV
escrito por Intermediae 09/10/2008 17:36:32


Programa del sábado 11 y 18 de octubre a las 20.00 horas


Trailer Itinerarios del sonido



Programa del sábado 11 y 18 de octubre a las 20.00 horas
Ciclo dedicado al festival IN-SONORA
Con motivo del festival IN-SONORA se presentan dos sesiones de proyecciones en colaboración con el artista sonoro y musicólogo
Miguel Álvarez-Fernández.


11 de octubre, 20.00 horas
Itinerarios del sonido, 2005 (España). Marta Velasco. Duración 75’.
Presentado por María Bella y Miguel Álvarez-Fernández, comisarios del proyecto.
Este documental recoge el proceso de trabajo del proyecto homónimo que reunió las propuestas de catorce artistas de diferentes disciplinas, como Kristin Oppenheim, Vito Acconci, Luc Ferrari, Adrian Piper y Susan Hiller, entre otros, que visitaron Madrid entre el 2004 y el 2005 para la creación de una pieza sonora que explorara un entorno diferente de la ciudad.

Trailer Sonar ciudades (Sounding cities)




18 de octubre, 20.00 horas
Sonar ciudades, 2006 (España). Xavier Iriondo y Fernando Aguirre. Duración 52’.
Presentado por Miguel Álvarez-Fernández.
Película documental donde los autores acompañan al músico Llorenç Barber durante la fase preliminar del concierto que ofreció en Vera de Bidasoa con motivo del Festival de Otras Músicas ERTZ.


Cuando el sonido no basta


Pensar que la música solamente está relacionada con lo sonoro es una equivocación, además de una idea bastante exótica —y hasta absurda, si uno se detiene a pensarlo— que, desde luego, no muchos músicos se han tomado verdaderamente en serio. O, al menos, así fue hasta que, allá por el siglo XVIII, a ciertos filósofos alemanes se les ocurrió que la música más genuina, más pura y más auténtica era aquella que no dependía de un dispositivo escénico/visual (como sí demandaba, por ejemplo, la ópera). La música, afirmaban estos filósofos idealistas, debía generar significados por ella misma, y en la medida en que cumpliese esta tarea sin subordinarse a ningún otro arte (literario, teatral, coreográfico…), sin relacionarse con otra cosa que con la propia música, mejor música sería.

Esto de “la propia música”, como se observará, es un camelo. ¿Qué se supone que es lo estrictamente musical, aquello que aún no está contaminado por una idea externa susceptible de ser expresada mediante un texto, o por la presencia de un cuerpo sobre un escenario —o detrás de un instrumento—? Aquellos filósofos dieciochescos (y algunos músicos que les siguieron la corriente, porque de todo hubo) pensaron que eso más genuina y absolutamente musical era, claro, el sonido. La música trataba de sonidos, y ya está. Al fin y al cabo, tampoco era ésta una idea tan novedosa, y posiblemente algunos predecesores de aquellos ingeniosos filósofos (como el mismísimo Pitágoras, por no ir más lejos) así lo habrían admitido si se les hubiera preguntado al respecto. Lo que sí constituía una novedad era la manía con la que los idealistas alemanes se empeñaban en desvincular la música de casi todo lo que, hasta entonces, había estado íntimamente ligado a ella. Algunos sospechaban, incluso, que lo que estos pensadores en realidad querían era simplificar al máximo la idea de música, quizás para poder filosofar acerca de ella sin tantas dificultades como en el pasado.

El hecho es que, desde entonces, y para mucha gente, la música quedó reducida a lo que aquellos filósofos de cejas muy pobladas determinaron que la música debía ser, a algo que, si se piensa detenidamente, ni siquiera se corresponde con el sonido, sino que más bien se refiere a ciertas ideas sobre el sonido. Pues lo que consiguieron los defensores de la idea de la música absoluta fue que llegáramos a imaginar un sonido independientemente del intérprete que rasca las cuerdas del violín, de su cuerpo —probablemente sudoroso debido a la tensión del momento—, del edificio que le contiene a él y a nosotros, del rito social —llamémoslo, por ejemplo, concierto— que nos ha reunido en ese espacio junto a otra gente —perteneciente, casi siempre, a nuestra misma clase social—, de ideas e intereses —del intérprete, del compositor, del público, del organizador del concierto…— que han tenido que confluir para que, en fin, ese sonido ideal se produzca realmente.

Nuestros apreciados filósofos adelgazaron tanto el concepto de música (y, por extensión, el de sonido) que, para cuando llegó el siglo XX, algo tan escuálido no pudo resistir en pie mucho tiempo. Para entonces, y algo paradójicamente, los primeros aparatos capaces de grabar y reproducir sonidos obligaron a nuestros jóvenes abuelos a descubrir que, pese a los sermones de los filósofos idealistas, no era lo mismo escuchar los sonidos de un violín que los de un gramófono. Además, aquellos cacharros ruidosos no sólo registraban los sonidos ideales de la música absoluta, sino que a través de sus bocinas se colaban muchos otros ruidos que, aunque los filósofos del XVIII nos habían enseñado a no oír, estaban allí. Y no sólo allí, sino también —y cada vez más estruendosamente— en las ciudades que no habían dejado de crecer en los siglos anteriores, generando un volumen —y unas músicas, por poco “ideales” que éstas fueran— mucho más intenso ya que el del interior de las salas de conciertos.

En aquellos principios del siglo XX, varios compositores se dieron cuenta de que la música era —tenía que ser— bastante más que sonido. Ahora, un siglo después, no debería resultar extraño que, en lugar de celebrar un concierto, nos reunamos un par de sábados en Intermediae para escuchar sendos documentales protagonizados por los ruidos de las ciudades, por los cuerpos de los que las habitamos, y por los nuevos y viejos ritos que continúan uniendo esos ruidos, esas ciudades y esos cuerpos.

Miguel Álvarez-Fernández


* Las proyecciones son una propuesta audiovisual que presenta regularmente vídeos, documentales y películas relacionados con la programación.

Descargar programa de octubre

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